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Facultad de Medicina

Facultad de Medicina de Madrid: esa era mi ilusión. Y mi inicial desilusión: aulas abarrotadas, partidos con pelota de papel en el hall, deslucidas clases. Afortunadamente, formamos un “club de aficionados”; a la Medicina, quiero decir. Arturo García Espinosa, Arturo Touchard, Antonio Gómez, el llorado Manolo Sanmartín Leiro, Tito Santaolaya, Manuel Sacho. Amigos para siempre. Mis habilidades a la bandurria me abrieron a la tuna, una buena credencial para aprobar “La Chispas” y su inefable profesor.

Alumno interno en el Hospital Provincial de Madrid

“¿Y tú, en qué querrías especializarte?”, me preguntó el Dr. D. Antonio Agrasot, amigo de la infancia de mi padre. “Neurología”, no había duda. Otra decisión romántica: en Madrid no había un solo servicio de aquella extraña especialidad, que me costaba tanto explicar de qué iba a mis padres. Compañero de infancia en el Instituto Escuela, Agrasot me facilitaría mi aceptación en el Hospital Provincial.

Así que me aceptaron como “alumno interno” (luego ganaría la plaza, nada menos que “por oposición”) del Servicio de Neurocirugía del Hospital Provincial de Madrid. Don Pablo Peraita, el Profesor Jefe, amablemente me explicó lo que era la Neurocirugía, me permitieron “tirar de Farabeuf” en una treintena de operaciones, y hasta hube de hacer guardias (si, un estudiante de “neurocirujano de guardia”) durante un año. No, era claro que la Neurocirugía no era exactamente lo que me atraía, pero al menos pude ver allí mis primeros enfermos neurológicos. Y ganar más amigos para siempre: Luis Sanjuanbenito Aguirre y Antonio Zafra Campos, ejemplo ambos de médicos sacrificados y dedicados.

Pese a sus patéticas carencias de entonces, el Hospital Provincial de Madrid quedó para siempre en mi corazón. Debe ser eso del primer amor. Con el tiempo, escribiría algo sobre su historia y tomé algunas fotografías, antes de su transformación en el Museo Nacional Reina Sofía. Recuerdo un día de Nochebuena, por la mañana; se desprendió una cornisa del Hospital, justo en la fachada que muestra este grabado del siglo pasado; traumatismo craneoencefálico abierto (C1). Ayudé a Antonio Zafra a operar al pobre hombre Su puerta principal, que en el proyecto inicial apenas sería la puerta de un patio (C2), ahora con un extraño entramado de ascensores y cristaleras; la sala de autopsias (C3), las consultas externas (C4), la entrada al servicio de Don Gregorio Marañón, justo por delante del patio en el que, silenciosos como estatuas, paseaban incesantemente los pacientes de Psiquiatría. Plafones sobre los pilares, a lo largo de la galería de entrada (C5). Todo ello ya ha desaparecido; las fotos las tomé yo mismo antes de su transformación. Allí, aún estudiante, escribí mi primer trabajo neurológico.

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Servicio de Neurología “Nicolás Achúcarro”

Pero, ya colegiado (C6), era evidente que en mi país no podía especializarme en lo que seguía siendo una determinación inamovible. ¡Ah, el espíritu romántico heredado de mi madre! Solicitudes para marchar a Estocolmo (Kugelberg), Newcastle-upon-Tyne, Reino Unido (Walton).

Estando en ello, surge una oportunidad increíble: la creación del Servicio de Neurología Nicolás Achúcarro en el Hospital de la Beneficencia General del Estado, gracias al ímpetu, habilidad y, qué duda cabe, a las conexiones con el Régimen de su creador, el peculiar e irrepetible Gonzalo Moya Juan Cervera. No era amigo de fotografías. Una fotografía histórica, la del día de su creación (C7), Moya (tercera fila, tercero por la derecha) aparece junto a L. Van Bogaert, el gran neurólogo y neuropatólogo belga. En la primera fila (segundo por la derecha) está Don Fernando De Castro, catedrático de Histología y uno de los discípulos preferidos de Cajal. En esta otra fotografía, Moya aparece de espaldas mientras hace un estudio electromiográfico en un niño. (C8).

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Entré como residente (entonces Médico Becario) y salí unos cinco años después como Jefe Clínico, pasando por adjunto. Para no pocos de quienes en las últimas décadas han ejercido diversas subespecialidades de las Neurociencias –amén de la Neurología- la oportunidad de trabajar allí fue inmensa fortuna.

Algún día habrá de escribirse sobre las peculiaridades de aquel Servicio y de su jefe, Gonzalo Moya. Pero dos cosas al menos son de agradecer por los numerosos neurólogos que por allí pasamos: una excepcional dotación en aparatos y medios técnicos, un verdadero instituto seguramente irrepetible en nuestros días, y la posibilidad de enfrentarnos con toda la patología neurológica, pacientes que llegaban desde todos los rincones de España. Siguiendo el modelo del Instituto Bunge de Amberes, era necesario compaginar el trabajo en clínica neurológica con alguna técnica especial. Inicialmente se me otorgó llevar a cabo los exámenes neuro-oftalmológicos (confieso que, al final, llegaría a gustarme); más tarde, Gonzalo Moya me dio la oportunidad de enseñarme electroencefalografía, a condición de estar a las 7 en punto de la mañana sentado en su despacho. Allí estaba, como un clavo. Pasaría sucesivamente, a lo largo de cinco años, por las categorías de médico becario (equivalente a residente), adjunto y, finalmente, jefe clínico.

Newcastle upon Tyne (Reino Unido) y Montreal (Canadá)

Mi frustrada intención de haber sido aceptado como residente en el Regional Neurological Centre de Newcastle, una oscura y triste ciudad en el norte de Inglaterra, fue superada cuando en el “Gregorio Marañón” (por entonces, CSPFF) me permitieron mi estancia durante casi cuatro meses a cambio de sustituir al electroencefalografista del Hospital durante sus vacaciones.

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Puede que no aprendiera tanta teoría en Newcastle, incluso tras larguísimas y oscuras tardes en aquellas estupendas bibliotecas, pero tuvo en mí una enorme influencia sobre un modo de “hacer” Neurología. Soy sincero si digo que me imprimió una suerte de carácter. Tras entregar en la Universidad mis “papeles” (no sólo título y cartas de recomendación: incluso las notas de la carrera) me nombraron “Registrar in Neurology” (C9), modesto título que aún guardo con cierto orgullo y que me permitía poner mis manos de extranjeros sobre algún súbdito de su Graciosa Majestad. El “Centro Neurológico Regional” de Newcastle (C10) era entonces una referencia mundial en enfermedades neuromusculares, sin duda por la capacidad de liderazgo del profesor John N. Walton (C11). Nunca olvidaré sus “sesiones formativas”, con presentación de enfermos, y la consulta de distrofia muscular con el simpático Dr. Walter Bradley (C12).

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El “estilo Newcastle” lo apliqué en buena parte, puede que inconscientemente, al dirigir mi propio servicio, años después.

Ya como Jefe de Sección del Hospital General Universitario Gregorio Marañón conseguí una beca para aprender neuropatología de músculo y nervio en el Montreal Neurological Institute, en Canadá. En esta ocasión viajé con mi esposa y con mi hijo, más soportable que la soledad de Newcastle. El Instituto Neurológico fue creado por Wilder Penfield, tenía una considerable solera (C13) y, sin duda, muchos medios. Stirling Carpenter, en la foto (C14) el último de la izquierda, amablemente me dio toda suerte de facilidades para aprender microscopía electrónica y una soberbia colección de preparaciones histológicas. Fue una inolvidable experiencia personal vivir meses de verano en una ciudad muy agradable, pero el estilo funcionarial del Instituto distaba del calor humano de Newcastle. Una excepción era Fred Andermann (en el centro de la foto), con quien pasaría más tarde un par de semanas, intentado montar la cirugía de la epilepsia en nuestro hospital.

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