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Creación de un Servicio Imprimir Correo

La inauguración del nuevo Hospital Provincial de Madrid, transformado ahora en "Ciudad Sanitaria Provincial Francisco Franco" (fig.1 ) en los antiguos terrenos del Hospital de San Juan de Dios, representaba volver a mi viejo y querido hospital donde, cuando estudiante, tuve mis primeras experiencias con pacientes neurológicos. La Neurología era entonces una especialidad de románticos y los enfermos neurológicos, los más olvidados, terreno de nadie y de todos.

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Apenas dieron nada: una consulta ínfima, relegada al último rincón del hospital, unas pocas camas otorgadas a días, según el talante del neurocirujano al que "pertenecían", mi propio martillo de reflejos, mi oftalmoscopio…, y nada más. Pero era una pica en Flandes, la posibilidad de que mi especialidad tuviera nombre propio en el primer hospital erigido por el Estado en España. En otro lugar, he escrito sobre esto (véase referencia 60, capítulos de libros). Allí, en el viejo Provincial, hubo neuropsiquiatras excelsos, verdadera gloria de la Medicina española, si exceptuamos a Alberto Rábano, neurólogo puro, injusta y abusivamente postergado (fig. 2). Gonzalo Lafora, Nicolás Achúcarro y Miguel Gayarre, de quien escribiría unas pequeñas notas biográficas originales (véase ref. 195, artículos científicos) aparecen en esta fotografía escuchando a Don Santiago Ramón y Cajal, nuestro premio Nobel (fig. 3). Algunos, excelentes profesionales, tuvieron también en su época notable relevancia política. Es el caso de José Sanchos Banús, diputado y promotor de la Ley del Divorcio durante la Segunda República (fig. 4) y Jaime Vera, uno de los fundadores del Partido Socialista (fig. 5). Sin olvidar a Don Pío Del Río Hortega, (fig. 6), discípulo aventajado de Cajal, profesor de Anatomía Patológica en nuestro Centro. Lo cierto es que la Neurología tenía por primera vez nombre propio pese a siglos de historia en el Hospital Provincial de Madrid.

Pero pronto comenzó a tener adeptos, igualmente entusiastas y , con seguridad, no poco románticos también. En esta fotografía de 1975, dos de los primeros residentes (Dolores Mateo y Clara de Andrés), Ángel Esteban que luego derivaría a la Neurofisiología Clínica y Emilio Salinero, más tarde patólogo. Al frente, Miguel Jurado, catalán de paso por Madrid que llegaría a ser famoso critico musical radiofónico (fig. 7).

Hacia 1981, convertidos ya en Servicio, disfrutábamos de toda una planta para nosotros y hasta de varios despachos. En esta foto (fig. 8), en la fila de abajo y de izquierda a derecha, Antonio Gil Núñez, Mercedes Martín Moro, Clara de Andrés De Frutos, Dolores Mateo González, Pilar Bartolomé y Nico Muñoz Rubio (secretaria). Arriba, también de izquierda a derecha, Ester Domis (entonces residente de Medicina Interna, en rotación), Barrios (residente de Nefrología), José Antonio Villanueva Osorio, yo mismo, Pilar Castañeda (enfermera) y Domingo Hípola González.

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En 1983, con José Luis Muñoz Blanco en silla de ruedas, formábamos ya un nutrido grupo, incluidos enfermeras y residentes (fig. 9). Aparecen José Luis Dobato, Juanita Alarcón Alacio y Javier Olazarán Rodríguez. Yanira, una guapísima becaria ecuatoriana (primera a la izquierda), ocasionaba gran expectación en el Hospital.

Años de trabajo, de entusiasmo, de frustraciones también. Más de 60 residentes se formaron a mi lado, varios de ellos ahora brillantes jefes de servicio. A la mayoría, una larga lista que me sería difícil de completar, recuerdo con emoción entrañable. Becarios de Hispanoamérica (México, Honduras, Cuba, Ecuador, Argentina, Uruguay. Paraguay) y europeos (Estonia, Polonia, Grecia, Rumania). Compañeros en el Servicio con quienes compartí duro trabajo y no pocos contratiempos, pero también profunda amistad, algunos como si fuera miembros de mi propia familia. Domingo Hípola, cabeza organizada, fiable siempre (fig. 10). Clara de Andrés, clínico agudísimo, entusiasmo sin limites (fig. 11). Dolores Mateo, tenaz, fiel y paciente (fig. 12). José Luís Muñoz Blanco, aquí junto a los inseparables (de por vida) Marisa Ginés y Alberto Esquivel, seguramente uno de los neurólogos mejor preparados del país (fig. 13). Y, cómo no, Nico Muñoz, servicial e inteligente, la secretaria perfecta (fig. 14) .

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Y las clases en la Universidad, en las que lo mejor fueron los estudiantes; lo peor, la propia Universidad. Y la Sociedad Española de Neurología, que me honró con sucesivos cargos (Subsecretario, Vicepresidente, Presidente, representante español ante la World Federation of Neurology, Miembro de Honor) (fig. 15). Cada congreso en Barcelona, ciudad especialmente querida por este madrileño, era una inyección vital para volver con nuevos afanes.

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Con motivo de ser nombrado Miembro de Honor por la Sociedad Española de Neurología, un anónimo ex residente (cuyo nombre supongo y agradezco de corazón: me debe una foto, añado) resumió mi trayectoria profesional) (fig. 16). Gracias de nuevo por tan generosa visión.

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